Flores de espinillo

Flores de espinillo

El oro perfumado que aparece antes de que vuelva el verde

Hay plantas que uno aprende primero por el nombre y otras que se reconocen antes de saber cómo se llaman. Al espinillo, para mí, se lo aprende por el aire. Hay que estar cerca de uno en flor para entenderlo: todavía queda algo de invierno en las ramas, el paisaje no terminó de recuperar sus verdes y, sin embargo, el árbol está cubierto de pequeñas esferas amarillas que parecen guardar toda la luz que faltaba. Me gusta ese contraste. El espinillo no se vuelve delicado para florecer; conserva sus ramas ásperas, sus espinas y su forma un poco salvaje, pero entre ellas abre cientos de pequeñas flores doradas y perfuma todo lo que tiene alrededor. Su floración ocurre hacia el final del invierno y comienzos de la primavera y, además, tiene una particularidad botánica muy hermosa: las flores aparecen antes de que el follaje se desarrolle por completo. Primero llega el oro, después vuelve el verde. 

La especie que conocemos como espinillo, aromo o aromito es Vachellia caven, de la familia Fabaceae. Durante mucho tiempo se la conoció como Acacia caven y antes había sido descripta como Mimosa caven. El nombre caven conserva una relación con el nombre que este árbol recibía en mapudungun, mientras que Vachellia pertenece a una historia posterior de clasificación botánica. Me gusta encontrar estas capas en los nombres porque una planta nunca empieza cuando nosotros la clasificamos. Antes de tener un nombre científico ya tenía un nombre en la lengua de quienes la conocían, un lugar dentro del paisaje y seguramente una cantidad de usos que no quedaron escritos en los libros. 

Y cuando una se acerca a una de esas pequeñas esferas amarillas descubre que tampoco es exactamente lo que parecía. Lo que llamamos una flor es, en realidad, una inflorescencia globosa, una reunión de numerosas flores diminutas. Cada una es pequeña, pero juntas forman esa esfera amarilla de aspecto casi aterciopelado, sostenida entre las ramas por un pedúnculo. Las flores son hermafroditas y tienen numerosos estambres, que son precisamente los que le dan ese aspecto tan fino y abundante. Es una de esas cosas que me gusta de la botánica: mirar algo cotidiano y descubrir que, debajo de una apariencia sencilla, existe una estructura completamente diferente. 

Pero si tuviera que elegir una sola característica para guardar del espinillo, elegiría su perfume. Sus flores son intensamente aromáticas y esa fragancia no es solamente una impresión agradable: la flor ha despertado interés como materia prima para perfumería y se han estudiado sus componentes volátiles y diferentes formas de obtener extractos aromáticos. Incluso existen registros de utilización de sus flores para fabricar perfumes y aceites esenciales. Hay algo que me resulta precioso en esto: una flor que en el paisaje dura un momento puede convertirse, mediante una extracción, en otra forma de permanencia. La flor fresca está en la rama; después puede secarse, macerarse, extraerse y pasar a otro soporte. Cambia la materia, pero queda algo de su presencia.

Quizás por eso el espinillo tenga una relación tan particular con la memoria. Hay aromas que no necesitamos aprender para reconocerlos. Aparecen en el aire y de alguna manera nos llevan hacia un lugar. El perfume del espinillo tiene algo de eso, y no es extraño que haya quedado también dentro de la cultura popular. La imagen es hermosa porque no habla simplemente de un árbol amarillo: habla de una planta que convierte aquello que podría parecer adversidad en flores. 

Y existe una antigua leyenda guaraní vinculada al espinillo que me gusta especialmente porque explica, desde otro lenguaje, justamente dos de las cosas que más llaman la atención de esta planta: sus espinas y su perfume. La historia cuenta que Eireté, una joven indígena, quedó sola con su pequeño hijo después de la muerte de su esposo durante una guerra. Mientras caminaban por el monte fueron perseguidos por un yaguareté y, al pedir ayuda, Tupá hizo que los espinillos se volvieran cada vez más espesos hasta impedir el paso del animal. Madre e hijo pudieron refugiarse entre las ramas y las espinas hasta que pasó el peligro. Cuando finalmente estuvieron a salvo, el sol les dio calor y, según la leyenda, las flores del espinillo conservaron desde entonces el perfume de Eireté y el color dorado del sol. 

No sé si hay algo más bonito que una leyenda que intenta explicar una planta observando precisamente aquello que la hace reconocible. Las espinas protegen; las flores perfuman; el amarillo recuerda al sol. La historia no pretende describir botánicamente al espinillo, pero consigue hacer algo que a veces una descripción científica no puede: convertir una característica de la planta en memoria.

Y cuando uno deja la leyenda y vuelve a mirar la flor desde el conocimiento tradicional, aparece otra historia. Las flores secas del espinillo han sido utilizadas en Argentina para preparar infusiones y decocciones, particularmente dentro de las prácticas medicinales de comunidades del noroeste. Se las ha utilizado tradicionalmente en bebidas relacionadas con la digestión, como sedantes, analgésicas y en preparaciones vinculadas con el reuma y la inflamación.  Es interesante que una flor tan aromática, que primero nos invita a acercarnos por su perfume, también haya terminado dentro de una taza. Se recolectaba, se dejaba secar y volvía a transformarse: del árbol al agua caliente, del paisaje a una preparación.

Y el espinillo todavía guarda más secretos cuando dejamos de mirar solamente la flor. Las semillas maduras, por ejemplo, tienen una historia curiosa: tostadas y molidas fueron utilizadas como sustituto del café. Los frutos y las vainas tienen abundancia de taninos y han sido aprovechados tradicionalmente en procesos tintóreos y de curtido, mientras que la madera se utilizó como leña y para producir carbón. La corteza también aparece en prácticas medicinales populares. Es como si cada parte del árbol hubiera encontrado una forma diferente de ser aprovechada: la flor por su perfume y sus preparaciones, la semilla por su bebida, el fruto por sus taninos y la madera por su fuego. 

Eso me lleva a pensar en algo que para mí está muy relacionado con la alquimia vegetal: una planta nunca es una sola materia. Cambia según qué parte tomemos, cuándo la recolectemos y qué hagamos con ella. Una flor fresca no es lo mismo que una flor seca. Una flor seca no entrega exactamente lo mismo al agua que al aceite. Una semilla tostada ya no es la misma semilla. Una corteza macerada habla otro lenguaje que una flor recién abierta. Trabajar con plantas es aprender esas transformaciones, pero también aceptar que no podemos pedirle a cada método que nos entregue todo. Cada extracción encuentra una parte.

Por eso me interesa tanto la posibilidad de trabajar las flores del espinillo en preparaciones. Su perfume hace pensar inmediatamente en una extracción aromática; su tradición de uso permite acercarse a ellas desde la infusión; y su corta permanencia en el árbol plantea otra pregunta: ¿qué podemos conservar de una flor que fue hecha para durar tan poco? Quizás esa sea una de las preguntas más antiguas que nos hacemos frente a las plantas: cómo guardar aquello que inevitablemente va a desaparecer.

También me gusta recordar que estas flores no están ahí solamente para nosotros. Su floración abundante y perfumada atrae numerosos insectos polinizadores y tiene importancia apícola. El árbol florece en un momento muy particular del ciclo del paisaje y ofrece recursos cuando comienza a cambiar la estación. Mientras nosotros vemos pequeñas esferas amarillas, para otros seres esas flores son alimento, señal y oportunidad. Hay una parte de la belleza de una planta que solamente entendemos cuando dejamos de mirarla desde nuestras propias necesidades.

Y quizás ahí esté una de las cosas que más me conmueven de observarlas en su lugar. Nosotros podemos cortar una rama y llevarla a nuestra mesa, fotografiarla, secarla, preparar una infusión o intentar conservar su aroma, pero antes de convertirse en materia para nuestras manos la flor pertenece a otra escena. Está en el árbol, rodeada de insectos, atravesada por el viento, recibiendo el sol de esa época del año y siguiendo un ciclo que comenzó mucho antes de que nosotros llegáramos a mirarla.

El espinillo florece y después deja de florecer. Las pequeñas esferas doradas desaparecen y en su lugar llegarán los frutos, las vainas oscuras, las semillas. El árbol continuará con su ciclo y nosotros probablemente pasaremos por el mismo sitio meses después sin encontrar aquella nube amarilla que nos hizo detenernos. Pero queda algo. Queda el perfume en la memoria, queda una fotografía, queda una flor seca guardada en un frasco, queda el conocimiento de que esa pequeña esfera estaba formada por muchas flores, queda una historia guaraní, queda un nombre mapuche escondido dentro de un nombre científico y queda también la posibilidad de volver a encontrarlo el año siguiente.

Hay plantas que florecen para ser vistas; el espinillo parece florecer para ser recordado.

Y quizá por eso me gusta tanto encontrarlo cuando todavía queda invierno alrededor. Porque no parece una floración que llegue después de que todo está preparado. Llega antes. Se adelanta. Enciende las ramas oscuras y perfuma un paisaje que todavía no terminó de despertar. Después vendrá el verde, vendrán los frutos, vendrán las semillas y el árbol volverá a cambiar. Pero durante ese breve momento, cuando las flores amarillas aparecen entre las espinas, el espinillo parece guardar en sí mismo algo muy antiguo: la capacidad de transformar una estación en otra sin dejar de ser quien es.